Lo más difícil de publicar un libro no es escribir: es cuando tus amigos no te leen

Hay algo de lo que casi no se habla cuando publicas tu primer libro… y es lo que se siente cuando las personas más cercanas a ti no te apoyan como esperabas. No hablo de desconocidos; hablo de amigos, de personas que saben que escribes, que vieron el proceso, que escucharon ideas sueltas, capítulos incompletos, dudas a la madrugada… y aun así, no compran el libro, no lo leen, no dejan una reseña. Y sí, duele.

Cuando publiqué La pieza faltante—y luego Las piezas rotas—no solo estaba entregando una historia; estaba entregando una parte de mí. Cada página contenía tiempo, emoción, inseguridades y aprendizaje. Hubo madrugadas en las que no sabía si lo que escribía tenía sentido, así como momentos en los que pensé en dejarlo.

Por eso, cuando finalmente el libro se publica, uno espera —aunque no lo diga en voz alta— que los suyos estén presentes. No por obligación, sino por conexión.

Pero a veces lo que llega es silencio. Personas que te dicen “lo voy a comprar” y no lo hacen; o que lo compran… y nunca lo leen; o personas que lo leen… y no dicen nada. Y en ese silencio, la mente empieza a llenarse de preguntas: “¿No les interesa?”, “¿No les gustó?”, “¿No creen en mí?”. No siempre son pensamientos justos, pero son reales.

Con el tiempo entendí algo que me costó aceptar: Tu lector no siempre está en tu círculo cercano.

Y no porque tu gente no te quiera, sino porque no todos conectan con la lectura, ni con el tipo de historia que escribes, ni con lo que significa crear algo desde cero. A veces esperamos que nos vean como escritores, cuando aún nos ven como “el amigo o conocido que escribió un libro”. Tu lector no siempre está en tu círculo cercano.

Curiosamente, el apoyo más genuino muchas veces viene de donde menos lo esperas: de alguien que no te conoce, de un lector que encontró tu libro por casualidad, o de una persona que sí se tomó el tiempo de leerte… y conectar.

Y cuando eso sucede, todo cobra sentido, porque te das cuenta de que no estabas escribiendo solo para los tuyos; estabas escribiendo para quien necesitara esa historia.

No te voy a decir que no importa; sí importa, y sí duele. Pero también es parte del proceso. Hay un momento en el camino en el que decides seguir escribiendo, aunque no cuentes con el apoyo que imaginabas. Y ahí es donde algo cambia.

Deja de escribir para que te validen y comienza a escribir porque es lo que eres, porque es lo que te gusta.

Si eres escritor y estás pasando por esto, no estás solo. Muchos como tú —más de lo que imaginas— han sentido lo mismo y, aun así, continuaron. Tú también sigue adelante.

Porque allá afuera hay alguien que va a leer tu libro, que se sentirá identificado, y que tal vez, sin conocerte, valorará tu trabajo más de lo que esperabas.

Y cuando eso suceda… te darás cuenta de algo importante: no necesitabas que todos creyeran en ti; solo necesitabas seguir creyendo en ti mismo.



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