Hay lugares que nunca dejamos realmente…

Hay lugares que no existen en los mapas. No aparecen en coordenadas, ni en guías turísticas, ni en fotografías perfectas. Y, sin embargo, son los que más habitamos. Porque hay lugares que nunca dejamos realmente.

En mis novelas La pieza faltante y Las piezas rotas, los escenarios no son solo espacios físicos donde ocurre la historia. Son espejos que nos reflejan tal y como somos. Son refugios que nos arropan cuando todo duele. Son heridas abiertas que nos enseñan verdades. Cada calle, cada habitación, cada rincón tiene algo que decir… incluso cuando los personajes intentan ignorarlo.

Los lugares, en estas historias, no son fondo: son parte del alma de la historia.

Un banco en silencio puede guardar una despedida que nunca terminó de decirse. Una habitación puede convertirse en testigo de las versiones de nosotros mismos que ya no somos… pero que aún nos habitan. Una ciudad o un pueblo puede representar el intento de empezar de nuevo, aunque llevemos dentro todo aquello de lo que creemos haber escapado.

Porque la verdad es esta: no nos vamos de los lugares. Nos llevamos lo que vivimos en ellos.

Sebas no solo camina por espacios físicos; camina por memorias. Cada lugar al que regresa, o del que huye, tiene la capacidad de confrontarlo con algo pendiente. Algo no dicho. Algo no sanado. Y ahí es donde los escenarios dejan de ser escenarios… y se convierten en parte del proceso.

En Las piezas rotas, para Constanza esta relación se intensifica. Los lugares ya no solo evocan el pasado, también lo reconfiguran. Se transforman a medida que la protagonista cambia. El mismo sitio que antes dolía, puede convertirse en un espacio de comprensión. O incluso, de paz para ella.

Porque los lugares también sanan… cuando nosotros lo hacemos.

Este es, quizás, uno de los mensajes más silenciosos de ambas novelas:
no se trata de huir de los lugares que nos marcaron, sino de regresar a ellos desde otra versión de nosotros mismos.

Y en ese regreso, algo cambia. No el lugar. Sino la forma en que lo habitamos. Y, de alguna manera, este también ha sido mi propio viaje como escritor. Al escribir estas dos novelas, sin que ese fuera el objetivo inicial, me he reencontrado con mis propios lugares. He vuelto, palabra a palabra, a mi pueblo… a sus calles, a sus silencios, a sus recuerdos. La distancia, que por momentos parecía definitiva, comenzó a transformarse.

Porque escribir también es una forma de regresar. Y en ese proceso, casi sin darme cuenta, he sanado la distancia que inconscientemente me había alejado de él.

Tal vez por eso hay lugares que nunca dejamos realmente… porque siguen viviendo dentro de nosotros, esperando ser comprendidos, resignificados o incluso perdonados.

Esperando, en el fondo, que algún día podamos volver a ellos sin rompernos.



Deja un comentario

Descubre más desde Carlos Escritor

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo