Mi proceso creativo de escribir una novela

Escribir una novela no comienza el día en que me siento frente al teclado. Empieza mucho antes, en una emoción que insiste en ser comprendida, en una herida que pide voz o en una intuición que te susurra que hay algo que necesita ser contado. La pieza faltante nació de ese impulso: de la necesidad de mostrar que es posible sanar por uno mismo, de ofrecer un camino para hacerlo a través de la historia de otros. Sentí que la mejor manera de enseñar lo que había aprendido —la importancia de mirarse con honestidad y transformar el dolor— era contándolo, no explicándolo.

El proceso para mi fue tan desafiante como revelador. Escribir me enfrentó con mis propios silencios, con las dudas, con la impaciencia. Pero también me regaló momentos de claridad. Cada madrugada frente a la pantalla fue una especie de meditación. A veces el cansancio me vencía, otras la inspiración me encontraba de sorpresa. Y en ese vaivén, los personajes comenzaron a crecer, a reclamar espacio, a tomar decisiones que yo no había previsto. Algunos de ellos fueron tan potentes que su voz merecía ser escuchada por más tiempo en la historia. Así, poco a poco, La pieza faltante fue encontrando su forma, casi por sí sola.

Las conversaciones con mis lectoras beta fueron un punto de inflexión. Ellas se conmovían con escenas que yo había escrito sin mayor pretensión, se identificaban con frases que habían nacido del cansancio o del desahogo. En esos intercambios descubrí que el proceso creativo tenía sentido: no solo estaba escribiendo una novela, estaba tendiendo un puente entre mi proceso de sanación y el de quienes leían. Sus reacciones me confirmaron que la historia no solo estaba viva, sino que también estaba cumpliendo su propósito: acompañar, inspirar y recordar que sanar es posible.

Cada capítulo me enseñó algo distinto. Aprendí que la escritura es, ante todo, un acto de confianza. Que uno no siempre entiende hacia dónde va, pero debe seguir caminando. Que la trama no solo se construye en la cabeza, sino también en el corazón. Y que cuando una historia nace desde la verdad emocional, encuentra su propio ritmo y sus propias palabras.

Hoy, al mirar hacia atrás, sé que La pieza faltante no fue solo una novela. Fue un proceso de transformación, una conversación entre lo que fui y lo que estaba dispuesto a ser. Escribirla fue sanar, y compartirla fue multiplicar esa posibilidad.

Por eso sigo escribiendo: porque contar historias sigue siendo mi forma más sincera de enseñar, de acompañar y de seguir aprendiendo.



Deja un comentario

Descubre más desde Carlose Escritor

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo